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Ignacio López Tarso, la vela que no se apaga

Su mirada vivaz parecía escudriñar, descubrir por primera vez todo y siempre se disculpaba por distraerse

Esa tarde de 2010 se cumplían 50 años de la película Macario y por encima de ese filme que puso muy en alto la cinematografía mexicana en todo el mundo estaba la leyenda de su protagonista: el primer actor Ignacio López Tarso.

El que diera vida al personaje de la obra de B. Traven era ya la leyenda, por encarnar tan vívidamente a un condenado a muerte por ambicionar el suculento banquete de un guajolote.

López Tarso en esa tarde del año 2010 aún refulgía a sus 85 años y mientras se preparaba para mi entrevista le recitaba poemas intensos a las mujeres que se aproximaban al vestíbulo del Teatro de los Héroes de la ciudad de Chihuahua para profesarles admiración.

Esbelto, gallardo, pero sobre todo lúcido, me confió la receta de su vitalidad: vivir enamorado.

Y hasta hace algunos días ese fulgor y lucidez todavía ardían y pienso que es hermoso morir así, de pie, como los árboles más longevos.

Recuerdo que más que recordar la magnífica obra dirigida por el director chihuahuense Roberto Gavaldón, el protagonista seguía siendo López Tarso, que aun levantaba la admiración y los aplausos de todos en un teatro abarrotado.

Ahí, en ese sillón de vestíbulo de teatro habló con soltura pero sobre todo agradeció la oportunidad de participar en esa emblemática película, porque lo más contundente de su avasallante personalidad era su humildad.

Resaltó la brillante dirección de Gavaldón, pero sobre todo el duelo de actuación que libró con Enrique Lucero, quien ahora para muchos de nosotros es la más viva cara de la muerte.

En la entrevista para el Grupo Reforma nunca parecía hablar de él, siempre se regodeaba con el trabajo del los otros y solo agradecía el privilegio de haber participado en la que consideraba su mejor película.

Su mirada vivaz parecía escudriñar, descubrir por primera vez todo y siempre se disculpaba por distraerse ante la presencia de admiradoras para las que tenía versos recitados de memoria.

Fue una entrevista de 45 minutos en los que generosamente habló, pero sobre todo agradeció.

Tenía entonces 85 años pero aún entonces era inimaginable que alguien con el rostro de su entrañable Enrique Lucero habría de soplar la vela de su vida.

¡Gloria eterna y paz para tan grandioso actor!

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