Por Javier Arroyo |
En la pequeña Venezuela, el campamento junto al río, hay un mercado de carga de celulares que algunos de los propios migrantes aprovechan para sacar su sustento diario.
Dickson Peroso, de 42 años, fue el primer emprendedor que compró algunos conectores múltiples y paga una renta en el negocio de autolavado ubicado sobre el bulevar Fronterizo, frente al campamento, para ofrecer la carga de celulares por cinco pesos.
A diario dice cargar entre 500 y 600 celulares de sus compatriotas venezolanos que requieren tener listos sus dispositivos para estar en contacto con sus familiares.
Dickson calcula que hay más de 2 mil aparatos entre toda la comunidad que se empezó a asentar en el bordo desde que el 12 de octubre el Gobierno de Estados Unidos aplicó el Título 42 a los venezolanos y cerró su frontera a quienes intentan ingresar por tierra para apegarse a los programas de asilo.
No todos los integrantes del campamento acuden con Dickson. Hay al menos otros tres venezolanos que se instalaron ahí para ofrecer el servicio, entre el lavado de autos y una desponchadora.
Aunque sí es el mejor equipado. Tiene cuatro conectores múltiples y puede cargar de manera simultánea hasta cuarenta celulares.

“Y así nos apoyamos unos a los otros para que cada quien tenga su teléfono cargado, se pueda comunicar con la familia y no estar incomunicados. Por eso se brinda el apoyo”, señala Dickson.
El hombre que salió de Venezuela hace mes y medio y tiene ya 21 días en Juárez, a la espera de una oportunidad de cruzar a Estados Unidos, asegura que le da la mitad de lo que gana a la dueña del negocio que le facilita la conexión eléctrica.
“Ella nos ayuda y nosotros nos ayudamos. Hay que ser agradecidos con eso. Por lo menos es un ingreso que no contaba con él y así apoyo a mi primo y mi sobrino”, explica.
Agrega que como todos los migrantes que salieron de Venezuela por la situación económica tan difícil que allá se enfrenta, simplemente quiere salir adelante.
Por eso dejó su país junto con un primo, un sobrino y un amigo. Los cuatro se han acompañado en la travesía y siguen juntos en el campamento.
“Está bien, gracias a Dios, aquí para ayudarse por lo menos para comer, algo sirve. No es mucho pero sí sirve para algo, mientras que esperamos aquí si nos dan la oportunidad de entrar”, dice el migrante venezolano que sentado frente a una mesa observa la colección de aparatos que se cargan en ese momento.
Como muchos de los venezolanos que ahora aguardan junto al río, Dickson no ha querido cruzar. Sabe que, si lo hace, lo retornarán y lo harán probablemente por otra frontera. Así que simplemente espera.
“Hay que esperar, hay que tener paciencia y tener fe en Dios de que en cualquier momento se va a abrir la puerta y vamos a poder entrar todos”, dice el migrante que dejó en Venezuela al resto de su familia y pretende pronto tener dinero para enviarles