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Los judiciales – Norte de Ciudad Juárez

Los comentarios del autor son responsabilidad suya y no necesariamente reflejan la visión del medio

De lo que hablaré es una historia real acontecida en la década de los ochentas y alcanzó mediados de los años de los noventas. Su servidor creció en una colonia periférica en donde el pavimento no llegó a pesar de que la colonia tenía 50 años de haberse fundado. En una de las calles de esas que no tenían cemento, había arena fina de la que deja la corriente de agua, eso debido a que esa zona era parte de un gran arroyo, así que lo más parecido a la playa era ese sitio y por ende, ahí solíamos jugar al trompo, a las canicas, a la quemada y a todo aquello que la imaginación nos diera.

A escasos 10 metros estaba la puerta de la casa de doña Tacha, el apodo era debido a que se llamaba Ignacia, sin embargo, este mismo apodo coincidía con el oficio que desarrollaba y que consistía en vender pastillas controladas, pero que eran usadas por los drogadictos para ponerse zombies. A nuestra muy corta edad, no entendíamos cuál es el efecto de estas, pero fuimos testigos de cómo los consumidores se ponían estúpidos, pues su andar y forma de conducirse eran ejemplo de risa.

Por ahí hubo tránsito tanto de personalidades de la farándula, policías municipales, gente del común, como de policías judiciales. Estos últimos llegaban por su cuota, cuando nosotros jugábamos canicas, aquellos casi nos brincaban sin ningún pudor; nos llamaba la atención la pistola fajada en la cintura muy al estilo de los matones, es decir, no traían funda ni carrillera, simplemente era una escuadra montada sobre la lonja trasera, ahí donde se hacen las nalgas de juicio. En aquel entonces les decían judiciales, ahora se les llaman ministeriales.

Los judiciales eran unos tipos gordos, altos, morenos, con la cara de presidente de la República, es decir, de fuchi, pareciera que siempre estaban hablando en una mañanera, siempre llevaban el ceño fruncido y las comisuras de la boca arrugadas, como si les anduviera de la popó.

Al menos dos de los oficiales que acudían frecuentemente eran conocidos porque sus formas de investigar eran bastante recurrentes: agua mineral, toques eléctricos o calentadita en donde el cuerpo no dejara huellas. Se les conocía por ser torturadores y corruptos; caer en manos de ellos era ya una pérdida, aunque fueras inocente.

Cada vez que sucedía algo en el barrio, los judiciales ya tenían ubicados a tres o cuatro personajes a los que detenían y que a la postre soltaban pero obviamente ya habían pasado por el karaoke, los hacían cantar aunque fueran mentiras, pero rigurosamente les daban su repasada.

Los agentes se hicieron famosos por ser los clásicos villanos a los que todo mundo temía, incluso, aquello se trataba de cuidarse de la ley o cuidarse de los malandros, cualquiera de las dos opciones era válida. Pero los malandros en aquel entonces tenían mejores códigos, no se metían con la familia, los judiciales secuestraban a algún familiar cercano y era la forma de que algún sospechoso se entregara. 

Uno de aquellos días que jugábamos a las canicas llegaron aquellos dos agentes famosos, se desplazaban en un carro, oscuro, sin placas y de apariencia confortable. Estacionaron el automóvil a media calle, dejaron los cristales abajo, caminaron y pasaron a medio metro de nosotros, luego entraron a cobrar la cuota a Doña Tacha.

Dos jóvenes de aproximadamente 15 años, se percataron de que el automóvil estaba abierto de par en par, uno de ellos se empinó y se metió por la ventana dejando las piernas afuera, arrancó el radio de banda civil, cuando se incorporó ambos salieron corriendo. Los niños de aquel momento al ver el evento también tuvimos que salir a escondernos, aunque éramos pequeños ya sabíamos de la reacción de los representantes de la ley, toda vez que ya habían atormentado a uno de los raterillos, precisamente, esta última cuestión fue por la que tomaron venganza los chamacos.

Aquella noche los judiciales anduvieron sembrando el pánico y recorriendo la colonia buscando a los posibles robones, fueron a los hogares de los que consuetudinariamente aprehendían para “calentarlos”, pero no encontraron a nadie. 

El auto no dejaba de quemar llanta y el polvo inundaba las calles. A los judiciales se les conocía como El Calanche y El Bola de Humo. Nunca supimos sus nombres pero sus apodos eran abiertamente conocidos hasta en el Reportero 9.70 am. Esa semana fue de terror para los neodelincuentes no cayeron en sus manos pero posteriormente sí, y ya se imaginarán cómo les fue.

Lo relatado tiene un fin: Un hombre frustrado siempre será un hombre agresivo. Un hombre agresivo que es burlado, se convertirá en un ser enfermo de venganza y no se detendrá hasta que libere su ira, utilizará todo lo que esté a su alcance para saciar su sed, no habrá nada que lo detenga. Vean las mañaneras, es un vivo ejemplo de ira y sed de venganza. ¿O no?

*Los comentarios del autor son responsabilidad suya y no necesariamente reflejan la visión del medio.

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