“Nadie le va a creer a los migrantes”, aseguran los extrajeros y dicen que por eso no denuncian el acoso y los robos
Yonaiken es un colombiano de 19 años de edad que con un grupo de venezolanos duermen en la Plaza de Armas y en la mañana baja a la Plaza de Guadalupe, convertida en una punto de rencuentro de migrantes.
Busca trabajo en restaurantes y junto con su compañero toman el sol y respira el aire fresco mientras acarician y ofrecen comida a dos perros callejeros, muy dóciles, que conocieron esta mañana.
El módulo del Corredor Seguro para las Mujeres que se encuentra enfrente del Instituto Municipal para las Mujeres (IMM), les sirve para cargar sus teléfonos y para prestarse cargadores.
Un niño de unos 10 años, de piel morena y pelo risado, manifesta que la acaban de dar su “bienvenida a México” , puesto que ayer le sacaron su celular de la bolsas de la chamarra.

Yonaiken señala que siempre andan juntos por seguridad, sobre todo porque están en situación de calle.
Él y otros entrevistados aseguran que los dos albergues del Gobierno, Leona Vicario y Kiki Romero, se encuentran saturados y prefieren vivir en Plaza también por las estrictas reglas de esos albergues y por la mala calidad de la comida.

Mientras pasa una patrulla de la Policía municipal, el joven de Medellín señala a otro joven del grupo y asegura que al primo se ést, los policías le “rompieron la cabeza” y le quitaron 420 dólares.
No denunciaron, dice, porque está la palabra de ellos contra las de los oficiales.
“Nadie le va a creer a un migrante”.

Para protegerse, señala que cuando ven a los agentes en la noche en el Centro Histórico, echan a correr.
“Es la Policía municipal la que más jode” se queja Yonaiken, mientras pone un pan duro y polvoriento en el hocico de un perro.