Desde hace 5 meses, la necesidad lo llevó a vivir en un espacio poco común, en una de las zonas que en su tiempo fueron consideradas como símbolo de la prosperidad fronteriza
Hay un edificio abandonado en la Zona Pronaf, sobre la avenida Benjamín Franklin, a unos metros de Plaza de las Américas; se trata de una construcción que nunca fue terminada, por lo que resulta difícil determinar el número de pisos con que contaría, pero entre las vigas y soportes metálicos, se aprecian dos niveles principales.

Sin embargo, está también el área de lo que debería haber sido el estacionamiento, construido en niveles subterráneo.
Allí, no hay muchos centímetros de pared que no estén cubiertos por grafitis, y hay que reconocer que algunos muestran cierto nivel de pericia.
Hay botellas de licor rotas, vidrios desperdigados por el suelo y por las escaleras que llevan a ningún lado, latas de cerveza, telarañas de tamaño descomunal y una atmósfera donde predomina la oscuridad y el silencio.

Es en ese sitio donde Luis Óscar habita desde hace cinco meses: entre tinieblas, telarañas y suciedad. En compañía de su gata Chemina, la vida ha cobrado un nuevo significado.
Luis Óscar tiene 51 años, 39 de los cuales se dedicó a la cocina. Solía trabajar en una taquería en la avenida Vicente Guerrero, hasta que sufrió un accidente mientras cargaba un refrigerador.

El percance le provocó una hernia, y su jefe decidió correrlo. Ante el despido injustificado, a Luis Oscar no le quedó más que proceder con una demanda en Conciliación y Arbitraje, donde el proceso continúa, pero el tiempo ha avanzado y su situación no ha mejorado.
Luis Oscar, también vivía en aquella taquería, así que cuando rompió relaciones con su antiguo jefe y amigo, se mudó a un hotel y permaneció ahí hasta que ya no pudo solventar el gasto. Desde entonces vive en el estacionamiento subterráneo de la construcción abandonada en la Zona Pronaf.

“Nunca pensé yo que fuera a pasar un trance como este de la indigencia. Tuve que recluirme en este lugar y mi supervivencia depende de juntar botes de aluminio o cualquier metal que sea vendible. Toda la semana junto botes para el lunes venderlos y sacar 300 o 400 pesos para toda la semana”, comentó.
“Este es un lugar muy pacífico, siempre vienen fotógrafos y chavos que plasman su grafiti, pero son muy atentos, muy amables, no son agresivos. He tenido una convivencia muy bonita con ellos. Este es su lugar, su espacio, ellos plasman sus obras y a veces me acarrean un burrito, un café o un poquito de mandado”, agregó.

Luis Oscar construyó un híbrido de estufa y calentón de leña, que complementa con tres cobijas que le donaron los bomberos para mitigar el frío.
Entre sus pertenencias, acomodadas bajo un tragaluz, hay también un pequeño árbol en una maceta, varias canastas, algunos sartenes y vasos, botes de plástico con cojines sucios que le funcionan como sillas y unos tendederos. Su gata Chemina merodea entre sus posesiones.

Ha buscado trabajo como cocinero y como lava carros, pero le ha resultado imposible ser contratado debido a su hernia. Dijo tener familiares en California, Estados Unidos, aunque no tiene manera de contactarlos.
A espaldas del edificio, los vecinos de la calle César Martino Torres protegen sus propiedades con rejas con alta tensión, para evitar que los extraños lleguen a causar un daño a sus viviendas.

Mientras tanto bajo tierra, Luis Oscar busca, a través de las sombras, continuar con su vida y tal vez algún día regresar a la superficie.