Por Teófilo Alvarado |
El migrante Jesús Díaz cumplirá 14 años este viernes y su mejor regalo sería cruzar a Estados Unidos, donde médicos pudieran atenderlo, con la esperanza de un día poder caminar.
Por ahora, el adolescente venezolano permanece en el suelo, tras un viaje de cuatro meses, donde sobrevivió a la selva del Darien, en Colombia, zona en la que decenas de sus compatriotas sanos, han sucumbido.

Él avanzo entre pantanos, cuerpos de agua y montañas, con el riesgo de que lo atacaran serpientes venenosas, pumas y hasta caimanes. No se amedrentó.
En compañía de sus padres y sus dos hermanos, emprendieron el viaje hasta esta frontera.
Llegaron hasta aquí en el ferrocarril, habiendo salido desde Huehuetoca, Estado de México, con el único objetivo de internarse lo más pronto posible al país de la barra y las estrellas, para que con los avances en la ciencia y alguna institución que apoye, se pueda atender médicamente al menor de edad.
Al igual que otros migrantes que han llegado al campamento junto al río Bravo, esta familia de venezolanos arriba con la incertidumbre de lo que vaya a ocurrir en los próximos días y semanas. Esperan que el Gobierno norteamericano se compadezca y los deje entrar legalmente.
Jesús padece escoliosis y displasia de cadera. Ya fue operado en una ocasión en Cuba y en Colombia le dieron presupuesto para ser intervenido también quirúrgicamente, pero es dinero imposible de reunir para ellos.

Entrevistado, Jesús mencionó que fue difícil llegar hasta aquí, que la pasó mal.
– ¿Qué buscan?
– Pasar pa’ allá (EU), pa’ yo caminar.
Afirma que su vida ha estado limitada y era su madre quien trabajaba para darles de comer a él y sus hermanos de 12 y 15 años de edad.
Daniela Díaz, de 34 años, mencionó que su hijo avanzó algunos tramos en la medida de lo posible, impulsado principalmente por sus brazos. En su mayor parte, sus hermanos lo cargaban en la espalda.
Llegan sin nada a la frontera. Algunas de sus necesidades son pañales para adulto, cobijas, ropa y alimentación.